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Una mano de esperanza

Gracias a su generosidad, la Fundación Melaleuca está haciendo una diferencia en las vidas de muchos niños huérfanos y abusados en Quito, Ecuador. Desde que, el año pasado, la Fundación Melaleuca se convirtió en el único patrocinador económico del Hogar Infantil Santa Lucía, la familia Melaleuca ha extendido su mano amorosa para ayudar a que estos niños disfruten de sus experiencias diarias en el orfanato y sus esperanzas sean renovadas. Cada dólar contribuido por los ejecutivos de ventas y clientes ha servido para cubrir los gastos de alimentación y vestuario, medicinas y otros artículos esenciales.

En un corto período de tiempo hemos hecho grandes progresos para lograr nuestra meta de mantener a este orfanato. Sin embargo, aún queda mucho por hacer. Melaleuca invita a todos a unirse a esta causa especial haciendo una pequeña promesa de donación. Pueden hacerlo en nuestra página web www.melaleucafoundation.org o llamando al 1-800-634-6246. ¡Gracias por apoyar a este orfanato y mejorar la calidad de vida de estos niños!

Recientemente, dos voluntarias del Hogar Infantil Santa Lucía escribieron cartas a Melaleuca y compartieron sus pensamientos con respecto a los niños.

Querida Melaleuca:

Una de las cosas que más me gusta cuando voy a Santa Lucía es ver que los niños están divirtiéndose. Me encanta verlos tan emocionados con alguna actividad, disfrutándola todos juntos. Recuerdo una ocasión en la que mezclábamos colorantes con crema de afeitar para enseñarles acerca de los colores primarios y de como crear nuevos colores. Ellos tenían que hacer dibujos con la crema de afeitar y hasta los más pequeños se divertían enormemente. Ese proyecto los emocionó mucho y se entristecieron cuando llegó el momento de limpiarlo todo. Nunca olvidaré como lucían todos cubiertos con crema de afeitar hasta los codos y sonriendo de oreja a oreja.

Atentamente,
Una voluntaria agradecida

Querida Melaleuca:

Tan pronto como entré en Santa Lucía pude sentir el amor que los niños sentían por nuestros voluntarios y por el uno al otro. Me encanta llegar a la puerta y ver a cuatro o cinco niños corriendo hacia mí, diciéndome: “¡Chica! ¡Chica!” y dándome grandes abrazos. Al acercarnos al edificio, ellos siguen abrazándonos y hablando con nosotros, preguntando qué casa visitaremos primero, cuál será la próxima actividad e informándonos quien no estará ahí ese día.

Amo tanto a estos niños. Cada día es una aventura en Santa Lucía, y nunca sé que sacaré de esas pocas horas en las que estoy con ellos, ya sea algo que aprendo de ellos o algún proyecto que me ha dado alguno de ellos. Estos niños me han enseñado más sobre el amor y la fortaleza de lo que he aprendido de cualquier adulto. ¡Ellos son extraordinarios!

Atentamente,
Una voluntaria compasiva